Chanel presenta en el Grand Palais parisino su colección crucero, esa que llega a las tiendas después de la de otoño-invierno y antes de la primavera-verano y que, tradicionalmente, es más sencilla y comercial que las dos principales. Terminado el desfile, se abre una nueva etapa para Chanel: por primera vez en 36 años, la colección no está firmada por Karl Lagerfeld, sino por Virginie Viard: su ‘mano derecha’ e ‘izquierda’ —como le gustaba llamarla— durante tres décadas; sucesora del alemán tras su fallecimiento el pasado febrero, y la primera mujer al frente de la maison francesa después de su fundadora, Coco Chanel.

La diseñadora francesa, de 57 años, salió a la pasarela para agradecer los aplausos vestida de negro riguroso, la melena suelta y los ojos ahumados. Acababa de finalizar uno de los desfiles que más interés —y morbo— despertarán esta temporada. Todos los ojos están puestos en ella y lo sabe. No podría ser de otra forma. Sustituir al hombre que convirtió una decadente casa de costura en la firma de lujo más conocida del planeta y en pilar de una compañía que el año pasado facturó más de 8.000 millones de euros se antoja una misión titánica. Y no solo por el legado creativo que deja Lagerfeld, sino por su inconmensurable carisma, que le elevó a la categoría de icono cultural de los siglos XX y XXI. Si cualquier comparación es odiosa, esta resulta directamente lacerante, pero, al mismo tiempo, necesaria. La conclusión evidente es que Viard apuesta por una silueta más ligera y contemporánea que se distancia de los patrones clásicos y de los solemnes —y a veces rígidos— tejidos que defendía Lagerfeld. Las chaquetas de tweed se vuelven más livianas y en general todos los cortes buscan que las piezas fluyan y acompañen el movimiento del cuerpo.




